Consejos para sobrevivir a las reuniones familiares

La época de Navidad puede gustar o no gustar. Es un período del año muy diferente al resto, con connotaciones también muy distintas según para qué personas.

Desde mi punto de vista, en general, la Navidad alcanza un coste emocional muy alto para muchas personas. 

El primer factor es el sobre esfuerzo que supone llegar a las expectativas que la época navideña nos demanda a todos. Es un esfuerzo físico, por la consecución de los preparativos de comidas, regalos, decoración… Pero también es económico porque, aunque tengamos un presupuesto, solemos salirnos de él produciendo desazón y ansiedad en las personas. Además, a nivel psicológico también supone un estrés por el hecho de tener a los niños en casa, sin ocupación, entrando en conflicto la conciliación de la vida laboral y familiar. 

A nivel psicológico más profundo, está el tema de los vínculos. En general, la Navidad está vinculada con el concepto de familia y el concepto de unión. Y aquí también se da un sobre esfuerzo. Hay familias que están muy unidas, que están deseando verse y reunirse, en un ambiente jovial y colaborativo. Se trata de familias funcionales, generalmente muy numerosas, que tienen un repertorio de conductas de adaptación que permiten la interrelación entre ellos de una manera asombrosa; frente a familias disfuncionales que curiosamente coincide que no suelen reunirse de forma numerosa, sino solamente el núcleo cerrado que convive, sin “hacer piña” con más familia. Según mi experiencia, he podido observar que a menor número de personas que se reúnen, mayores posibilidades de ser diagnosticadas como familias disfuncionales. Son familias que evitan la unión porque ya de por sí tienen problemas de comunicación previos. Y esto perjudica sobre todos a los jóvenes, a las nuevas generaciones de la familia que se ven arrastradas por los problemas de los mayores, sin poder convivir más con sus primos o coetáneos de su edad.

Con respecto al coste de la Navidad en relación con los vínculos, es destacable también que para muchas personas en esta época los fallecidos cobran vida. Son por ello unas fechas que simbolizan de forma muy descarnada las ausencias. Depende del grado de superación que cada persona haya alcanzado de la ausencia de sus allegados fallecidos, pero para muchos supone un sobre esfuerzo llegar a su casa familiar a celebrar la Navidad sin que su allegado se siente a la mesa.

Teniendo en cuenta lo anterior, sobrevivir a las reuniones familiares puede ser un desafío, pero con estrategias adecuadas, es posible convertir estos encuentros en experiencias más armoniosas y positivas.

Consejos

-Establecer expectativas realistas: Reconocer que las reuniones familiares pueden tener momentos desafiantes es el primer paso. No todas las interacciones serán perfectas, pero tener expectativas realistas puede ayudar a reducir la frustración. Hemos de estar en un continuo contacto con la realidad; la idea es que seamos nosotros los que gestionemos la Navidad, y no que la Navidad nos gestiones a nosotros. Hemos de conocer nuestras verdaderas necesidades, nuestros deseos, y hacer un análisis de nuestras expectativas para que en ningún caso dejen de ser realistas. Si mantenemos esto a rajatabla, será mucho más fácil que sepamos gestionar todas aquellas situaciones que nos superen, y encontraremos que nuestros pensamientos, emociones y conductas estén alineados y que no se descompensen.

-Enfoque en lo positivo y comunicación abierta: Antes de las reuniones, es recomendable reflexionar sobre aspectos positivos de cada miembro de la familia. Esto nos puede ayudar a mantener una perspectiva equilibrada y a enfocarnos en lo bueno en lugar de lo negativo. 

Fomentar una comunicación abierta y respetuosa puede prevenir malentendidos y reducir la posibilidad de conflictos. Escucha activamente a los demás y expresa tus pensamientos de manera clara y considerada. También hemos de saber decir “NO” a todo aquello que nos produzca presión. La Navidad no debe de tener tanto poder como para que nos haga salirnos de nuestras posibilidades. 

-Evitar temas sensibles y establecer límites: Si hay temas que históricamente nos han provocado tensiones, considerar evitarlos durante la reunión puede ser la mejor estrategia. En lugar de centrarnos en áreas conflictivas, busquemos conversaciones neutrales y positivas. Por otro lado, si la situación se vuelve tensa, no dudemos en establecer límites saludables. Podemos tomar un descanso breve, cambiar de tema o incluso expresar nuestra necesidad de un espacio tranquilo por un momento.

– Buscar actividades compartidas y también el autocuidado: En lugar de centrarnos solo en las conversaciones, busquemos actividades compartidas para disfrutar juntos. Juegos, paseos o actividades recreativas pueden crear un ambiente más relajado. A la vez, durante las reuniones familiares, es crucial cuidar de nosotros mismos. Prestar atención a nuestros límites emocionales y, si es necesario, tomar tiempo para descansar y recargar energías.

– Celebrar las diferencias y practicar la empatía: En una familia, las diferencias son inevitables. Aprender a celebrar y respetar esas diferencias puede contribuir a un ambiente más tolerante y enriquecedor. Tratemos de entender las perspectivas de los demás y practicar la empatía. Reconocer que cada miembro de la familia tiene sus propias experiencias y desafíos puede fomentar la comprensión mutua.

Como apunte final, me gustaría señalar que celebrar la Navidad con la familia no es una obligación, aunque lo parezca. De la misma forma que poner el árbol antes del día 24 de diciembre es un hábito, discutir y aguantar momentos desagradables también lo puede llegar a ser. 

Quizá sea una opción el que nos planteemos no cómo no discutir, sino el cómo poder decir este año que no cuenten con nosotros en la mesa de la discordia.

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