Se puede aprender a ver el vaso medio lleno, sin caer en la positividad tóxica que ocasiona frustación. Varias psicólogas nos explican las herramientas para trabajar esta actitud mental y aprender a interpretar la realidad de otra manera
Cultivar el optimismo es posible
Con el positivismo se nace, pero es algo que también se hace. Aunque puede resultar cómodo aferrarse a la idea de que la personalidad es un rasgo genético casi inmutable, la buena noticia es que no está preconcebida del todo desde el nacimiento ni es estable. “El carácter se va desarrollando a lo largo de la vida del ser humano. Existen factores biológicos o, incluso, heredados, que pueden afectar, como ocurre con el funcionamiento asociado a neurotransmisores como la serotonina, por ejemplo; pero no es determinante”, afirma Ana Sierra, psicóloga, sexóloga y colaboradora de la plataforma de meditación Petit BamBou. Tal y como apunta la psicóloga Pilar Guerra, aunque cuando nacemos traemos una carga genética y congénita que nos condiciona –“son los cimientos de la personalidad”– y que forja el carácter junto con el aprendizaje y los referentes familiares, las vivencias y hasta el contexto histórico, tenemos la posibilidad de cultivar el positivismo en la edad adulta.“‘Elegir’ es una opción factible; positivo y negativo son dos polos de un continuo. Escoger qué manera de pensar queremos comprar entre todas las posibles y estar en positivo es un trabajo, pero también se puede convertir en un don que abre puertas”, añade la experta.
El lenguaje interno que nos condiciona
Todo esto pasa por cambiar los pilares del lenguaje interno y observar nuestro estilo de pensamiento ante la realidad. Lo de ver el vaso medio lleno o medio vacío depende, mucho más de lo que creemos, de hacer una labor personal. “Se trata de educar y reestructurar nuestras conversaciones privadas en solitario para observar hacia dónde se dirigen: si a un lado negativo cargado de densidad o, por el contrario, hacia el polo positivo que nos lleva a diálogos internos mucho más livianos y sin tanta intensidad”, afirma Guerra. Ser optimista en momentos difíciles es el gran reto, pero un trabajo centrado en el desarrollo de la autoconfianza y la autoestima ayuda a revertir esos modelos de infancia, de familia y de crianza que tanto marcan la personalidad. El positivismo es una actitud mental que se trabaja aprendiendo a gestionar los pensamientos y las emociones. “Las personas optimistas realizan un recorrido cognitivo mayor, ya que detectan lo negativo pero tienen una actitud que los impulsa a continuar y a no quedarse solo con eso, sino a buscar la solución o ver la otra cara de la moneda y también sus posibilidades”, señala Sierra. Se trata, sobre todo cuando las cosas se ponen feas, “de gestionar las vivencias que causan dolor y convertirlas en experiencias, sin darles el juicio de buenas o malas, sino entenderlas solo como parte de la vida”, afirma Guerra.
Interpretar los hechos sin creencias restrictivas
Para llegar a este punto hay que hacer un esfuerzo que ayude a interpretar los hechos sin creencias restrictivas o irracionales. “Las ideas que nos limitan tienen que ver con no saber diferenciar entre necesidades y deseos, ya que las primeras llevan a la frustración si no se consiguen, y los segundos, aunque no se consigan, no nos llevan al pesimismo porque no los consideramos necesidades. La actitud de ver el vaso medio lleno en vez de medio vacío es también algo que se puede elegir, siempre y cuando observemos lo que tenemos y no lo que nos falta, evitando la tendencia a consumir vivencias solo gratificantes en vez de considerarnos seres completos que participan en esta experiencia que es la vida, con sus luces y sus sombras”, añade Guerra. No siempre se puede estar feliz y las personas optimistas entienden, añade Sierra, que “la tristeza es un paso necesario para vivenciar la alegría futura”.
El negativismo como excusa para el cambio
Aunque el positivismo genera bienestar, el negativismo, añade la experta de Petit BamBou, puede tener beneficios colaterales que sirvan de excusa para el cambio. “Esto significa que sentirse y mostrarse víctima (cuando no se es realmente) también genera bienestar, muchas veces porque nos lleva a evitar cambiar. La comodidad no genera malestar y sí sensación de protección; de ahí que cueste bastante salir de ese rol de ‘todo lo malo me pasa a mí’. No siempre se quiere dar el salto para escapar de la negatividad”, añade. Pero el cambio hacia el positivismo es posible y necesario. Eso implica, por ejemplo, evitar las generalizaciones o posturas extremas –“la tranquilidad y la calma se pueden elegir”, dice Guerra–, diferenciar entre catástrofes y contratiempos y tener la certeza de que podemos elegir la manera de pensar. “Se trata de ser conscientes de que solo por creer algo no significa que sea real. Eso significa poner en cuarentena nuestras propias interpretaciones y plantearnos si realmente tenemos evidencias para pensar así. También valorar si esta postura nos acerca o nos aleja de lo que podemos conseguir, si nos es útil”, explica Pilar Conde, psicóloga y directora de Origen.
Algunos recursos prácticos
El fomento de la creatividad también es, según Guerra, una ayuda en la búsqueda de soluciones para “evitar los atascos mentales que acarrean pesimismo”. Para Marta Calderero, profesora de Psicología de la Universitat Oberta de Catalunya, en este entrenamiento es importante identificar las fortalezas personales para afrontar con seguridad los retos y eliminar bloqueos autoimpuestos. “Centrarse en el presente y expresar gratitud ayuda a dirigir la atención a todas las cosas buenas que están pasando para que el cerebro perciba todo lo rosa que hay en tu vida. Cuidar y construir relaciones que intensifiquen las emociones buenas permite un crecimiento vital y que el cerebro reencuadre de manera más positiva la realidad”, añade. Al fin y al cabo, concluye Sierra, “la realidad es subjetiva y también se construye. Construyamos la que más nos beneficie y sea compatible con la felicidad del entorno”.