Personas arrogantes

Las personas arrogantes son aquellas que viajan por el mundo con un visado muy particular: creerse superiores a los demás. Esta idea que, por supuesto es una creencia totalmente irracional, se manifiesta en su forma de actuar, de hablar y de pensar.

Y de tratarte.

Por si fuera poco, no solo el sentimiento de superioridad es el que viaja con ellos en su particular mini planeta. Lo acompaña también una específica forma de hacer sentir inferiores al resto de humanos, infravalorando a todo lo que no se encuentre en su misma órbita.

Por lo general, esta creencia les lleva a ningunear al resto; es por ello que suele ser más que complicado vivir con alguien con soberbia a nuestro lado.

¿Por qué hay personas que tienden a ser arrogantes o prepotentes?

Las personas con esta preponderancia utilizan la arrogancia como un mecanismo defensivo. Detrás de esa actitud de superioridad se halla justamente lo contrario: una gran sensación de fragilidad, vulnerabilidad y, aunque resulte difícil de creer, un gran sentimiento de inferioridad.

El ser humano reacciona según los pensamientos que utilice. Tras esa máscara rígida, esa conducta altiva que mira por encima de su hombro, se encuentra una estructura de pensamiento cargada de creencias negativas hacia sí misma.

¿Será que rechazan a los demás para evitar ser ellos los rechazados?

¿Puede ser entonces que en lo más profundo de las profundidades nos topemos con su verdadera esencia de miedo a ser quebrada?

Lo que se resiste, persiste…así que el terror a no ser reconocido y el temor a no ser querido o aceptado puede ser la razón por la que se decida ser arrogante para protegerse del rechazo de los demás.

¿Cómo identificar a una persona arrogante, cuáles son los rasgos que la definen?

  • La persona arrogante es antipática. Tiene una expresión corporal muy rígida y distante. Su sonrisa poco expresiva o nula, es capaz de helar la tuya al observar una ausencia total de reciprocidad afectiva cuando coinciden las miradas, (que no suelen coincidir), ya que te miran de arriba a abajo como sí quisieran radiografiar todo lo tuyo menos el mirarte a los ojos.
  • Derrochan un halo principesco de gran superioridad y grandiosidad, como si fuesen parientes del Cid y descendieran de su pata. A veces hasta consiguen firmemente que las personas que están a su lado se sientan realmente invisibles, como si de objetos y no seres humanos se tratara.
  • Utilizan un lenguaje muy egocéntrico, basado en el modelo mecánico del “yo-yo”; un mí, me y conmigo es la base de su conversación, orientando toda la dinámica de sus palabras (si es que se dignan a hablarte), en torno a ellos.
  • No preguntan jamás ni se suelen interesar por la vida emocional de los demás, un cerco o aureola de practicidad envuelve su estilo de comunicarse. Hablan solo de sus propias vidas, de sus éxitos, hallazgos y batallas ganadas. Aprovechan el mínimo para dejar constancia de sus pertenencias, hobbies y pasatiempos, y están realmente empeñados y obsesionados por la clase social alta altísima y de real alcurnia. El Gómez, López y Fernández a secas no es una buena carta de presentación si pretendes pertenecer a su “pandi”.
  • Se tornan presuntuosos y con gran exageración y una cierta hiper actuación, tienden a creer que tienen la patente de utilizar un trato dudoso hacia los demás, con atisbos de maltrato. Puede incluso que se sientan con el derecho de juzgar, de criticar y de hacer afirmaciones severas sobre los demás. No nos olvidemos que somos inferiores a ellos y por ello pueden despreciarnos en cuanto te descuides.
  • Imponen sus creencias y opiniones de manera contundente y en ocasiones, son violentos en sus reacciones. No escuchan, pero sí se escuchan. Su manera y forma de pensar son las únicas válidas, y el mejor argumento es su propio y único criterio.
  • En ocasiones, utilizan el cinismo y la burla como manera de desacreditar al otro, usando mil y una maneras de sarcasmo para dejarte a la altura del betún. Cuidado con llevarles la contraria; se lo tomarán como un insulto y utilizarán el ídem para machacarte.

¿Es complicado tratar con ellas?

  • Es imposible. Es una carrera sin fondo, un esfuerzo sobrehumano.
  • Partimos de la base de que se trata de una relación de desigualdad, y desde esa visión, la perspectiva es muy diferente. Imaginemos estar tomando café con un amigo, cuando él está en el pico más alto de la torre Eiffel y tú estás sentado en un banco de los Campos Elíseos. Imposible escucharse y menos entenderse, hay un abismo en la relación simplemente por estar en sitios distintos, en dominios diferentes de sinergias.
  • Están sin estar estando. Relacionarse con alguien arrogante es tener que utilizar a la fuerza y sin querer, un papel o rol de padre, madre o terapeuta, porque necesitas de un sobre esfuerzo para que la sangre no llegue al río, para templar, y evitar el conflicto cuando estás a su lado.
  • Siembran el ambiente de cierta densidad y toxicidad, consiguiendo hacerte sentir mal porque se palpa de manera inconsciente esa energía anómala que carece de fluidez y normalidad.
  • Detectas en ellos de manera continua algo patológico, anormal, que hace que tengas que estar del lado de una cierta sumisión, ya que abarcan toda la atención con su mera presencia, que no prestancia.

¿Cuáles son las claves para relacionarnos con personas de este tipo?

  • Tener muy claro que se trata de un síntoma de desajuste psicológico caracterizado por una distorsión en la manera de percibirse a sí mismos y al resto del mundo, de tal manera que tenemos que trabajarnos el intentar forzarnos a entenderles. Su estructura de personalidad es al menos, peculiar, por lo que hemos de mentalizarnos en tener expectativas realistas con respecto a una calidad dudosa de relación interpersonal.
  • Mantener límites. Anteponernos y anticiparnos a que este tipo de personas van a sobrepasar las barreras mínimas de respeto e igualdad, por lo que tenemos que adelantarnos y estar preparados a saber cuándo decir “hasta aquí”, mientras ellos quieren su “hasta dónde.”
  • No introducir carga emocional cuando nos relacionemos con ellas, esto es, evitar sentirnos aludidos, no engancharnos a su discurso y no creernos sus argumentos. Estas personas tienden a abducirnos con su manera de comportarse, por lo que no podemos perder nuestra objetividad a pesar del poder que creen ejercer en nosotros.
  • Ser muy asertivos y no dudar de nuestras habilidades sociales. Saber decirles un NO rotundo, poder poner en duda sus argumentos, y ser firmes y contundentes nos ayuda a posicionarnos y posicionarles.
  • Sin embargo, entrar a debatirles es una batalla perdida; no se puede perder tiempo en controversias eternas ya que es ilógico tener que explicar a nadie lo que es evidente. ¿Discutirías con un bebé sobre política? Es lo mismo que discutir con un arrogante; batalla perdida. No entienden.
  • Utilizar el factor sorpresa; esto es, hacer o decir lo que jamás se esperan que hagas o digas. Una especie de psicología inversa hace que les desmarques, que se queden fuera de juego. ¿Quieren tener razón? Dásela. ¿Quieren sentirse superiores? Adórales. Pero solo un rato: después pies, para qué os quiero…

¿Tiene que ver la arrogancia con la falta de empatía?

La arrogancia y prepotencia son rasgos de personalidad que están dentro de los trastornos afectivos, y la falta de empatía es un síntoma patológico.

La arrogancia y la vanidad también pueden ser síntomas del trastorno narcisista de la personalidad, un trastorno muy estudiado en la actualidad y que da respuesta a muchos problemas en las relaciones de pareja, familiares, sociales y laborales.

Muy cerca de la psicopatía integrada en muchas ocasiones el rasgo arrogante está de la mano de las personas que muestran una percepción muy extrema de grandiosidad y endiosamiento hacia sí mismos como esta falta de empatía visible hacia el resto del universo.

El arrogante carece de autorreflexión y capacidad de autocrítica, por lo que es un individuo que no posee auto empatía o capacidad de ponerse en su propia piel y observar sus áreas de mejora.

De esta manera, es complicado que se ponga en el lugar de los demás ya que, si solo se importa a sí mismo, es muy difícil que denote interés por los otros.

Una persona que se cree superior a los demás se cree de otra raza, de otra etnia, y su propia ECPATÍA (ausencia de empatía) le lleva a un mundo lejano a los afectos y preocupado tan solo por ganar el primer puesto del ranking del exceso.

Dime de qué presumes y te diré de qué careces.

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