CONSECUENCIAS DE LA OBESIDAD

Además de considerarse un problema de causas estéticas, lo es también por estar relacionado con un sinfín de patologías, todas ellas relacionadas con que nuestra salud esté tambaleándose en la peligrosa llamada cuerda floja.

Mens sana in corpore sano

Cuando una cantidad excesiva de grasa se acumula en nuestro cuerpo y ésta hace que se comienza a transformar de manera visible se comienza a hablar de obesidad.

Además de considerarse un problema de causas estéticas, lo es también por estar relacionado con un sinfín de patologías, todas ellas relacionadas con que nuestra salud esté tambaleándose en la peligrosa llamada cuerda floja.

El estar frente al espejo y no poder reconocernos en el tamaño y en la forma, además de comenzar con sensaciones de rechazo ante lo que vemos, puede llevar a la pérdida de nuestra identidad corporal. Es, por tanto, el sobrepeso una de las razones más poderosas por las que nuestro estado de ánimo cobre inestabilidad y repercuta en problemas de depresión y ansiedad, dificultades en las relaciones sexuales y trastornos serios de la conducta alimentaria, ya que la obesidad protagoniza un círculo vicioso con nuestras emociones más negativas, por lo que ¿ser depresivos y ansiosos nos lleva a ser obesos o nuestra obesidad nos conduce a sentirnos mal y entrar en depresión? 

El matrimonio perfecto entre la mente y el cuerpo

Problemas de depresión. La obesidad en la mujeres, por ejemplo, está asociada con un aumento del 37% de la depresión grave, según estudios realizados por la American Psychological Association, así como un alto índice de pensamientos de suicidio. Las emociones de tristeza, llanto y aislamiento social se incrementan cuando nuestro cuerpo está deformado respecto al que antes teníamos.

Respecto a los sentimientos depresivos, está comprobado que es muy diferente el cómo se siente una persona con obesidad mórbida desde la infancia o adolescencia, considerada esta como una enfermedad grave física del sistema endocrino, frente a personas que han tenido un cuerpo atlético, y a los que la depresión les ha llevado después a entrar en el mundo de la obesidad, alterando sobre toso su autoimagen.

Tras los duelos por separación, divorcio o muerte de un ser querido, los seres humanos pueden entrar en un estado de tristeza profunda, de inactividad física con sedentarismo que les impulse a una acumulación excesiva de peso y esto a su vez se retroalimente en que la angustia y la desolación aumenten, impulsándoles a comer más y de manera mucho más desordenada. En estos cuadros depresivos, en los que las personas suelen requerir de tratamientos psicofarmacológicos, se ven recrudecidos por la resistencia a éstos, bajo las creencias erróneas de que la “medicación engorda”. Lejos de ser cierto, en la actualidad existe un avance en los medicamentos antidepresivos, por lo que estas no son la causa de coger peso. En la mayoría de las situaciones, un tratamiento combinado con psicólogo clínico y psiquiatra que pauten tratamientos especializados, reduce el riesgo de que la obesidad y la depresión se cronifiquen.

Trastornos de ansiedad. Estar ansioso es estar en un continuo estado de nerviosismo que se traduce en una alteración del pensamiento, los sentimientos y de la conducta.

Estados de mucha presión llevan también a una alteración de la conducta alimentaria, donde se carga en la comida el saco de punching ball donde canalizar toda esta ansiedad. La comida adquiere entonces el valor anti estrés, llevando de nuevo a situaciones de círculo vicioso donde los alimentos “gozan” del valor de liberación de esta ansiedad a corto plazo y, sin embrago, en el período de a largo plazo, ya habremos podido hacer un juego compulsivo y desencadenar en un grave trastorno de alimentación. 

Trastornos de la conducta alimentaria. La bulimia se considera uno de los trastornos más graves en la paleta de colores de los trastornos mentales. El dúo anorexia y bulimia no son cosas tan distintas, por lo que en la gran mayoría de las situaciones, son los dos polos de un continuo en personalidades caracterizadas por una baja conciencia que les lleva a pasar por ciclos continuados de pérdida y ganancia de peso extremas durante toda su vida. Este tipo de personalidad tienen muchísima dificultad en el control de los impulsos, y mantener un peso estable va de la mano de respetar al máximo los hábitos en la alimentación y el ejercicio físico.

Utilizar la comida como un elemento para liberar ansiedad se convierte en una enfermedad incapacitante, donde la persona que lo padece comienza diariamente con la intención de controlar la ingesta de comida, y diariamente también se encuentra al final del día con la frustración de no haberlo podido conseguir, de tal manera que es la comida la que le controla a ella y no al contrario.

El estrés, la ansiedad y la depresión, son los desencadenantes de estos desajustes en nuestros hábitos saludables. Está comprobado el que al comienzo de estos procesos, donde la angustia es muy alta, el apetito de inhibe a consecuencia de la expresión coloquial tan conocida de “tengo el estómago cerrado”. Sin embargo, la prolongación en el tiempo de la disminución del apetito, hace que se libere en nuestro organismo una hormona llamada cortisol que lleva a que se aumente la apetencia de consumir alimentos de muy alto índice en grasa y azúcar, por lo que la obesidad está garantizada. Pasar por épocas de reducción extrema de alimentos, (conducta anoréxica), puede por lo tanto hacernos tontear con la conducta de ingesta extrema de alimentos, (bulimia), y de a poco, llevarnos a una obesidad donde evitamos seguir engordando mediante prácticas peligrosas como la provocación del vómito o el uso de laxantes para mantener el peso. Este tipo de comportamientos sumergen al que lo padece en un profundo pozo de desesperación, obsesivo y focalizado solo en la comida, contaminando las otras áreas de su vida como la laboral, familiar, social y de pareja, ya que la única relación la mantenemos con los alimentos, además de ser muy tóxica e invalidante.

La ingesta emocional. La ingesta desmesurada de comida que provoca aumento de peso y obesidad, viene dada muchas veces porque comer sirve para atenuar o suprimir las emociones negativas como la tristeza, el miedo, el aburrimiento, así como los momentos de mucha soledad. Curiosamente, por el contrario, estudios demuestran que la emoción de la ira no lleva a tener que comer sin control, lo que nos podría llevar a pensar que comer de manera excesiva hasta provocarnos obesidad está relacionada con la represión en la expresión de nuestras emociones. Si pudiésemos y supiéramos expresar cada idea, necesidad y deseo en el momento, supuestamente facilitaría las “digestiones emocionales”, cosa que sería una buena herramienta de gestión emocional para no tener que pagar con los alimentos lo que deberíamos proyectar y solucionar con los que nos rodean en nuestro día a día.

La obesidad está asociada al aumento de un mundo afectivo definido como de alta carga negativa, donde predominan la baja autoestima, la ausencia de habilidades sociales, y una visión muy distorsionada y crítica del cuerpo, que lleva al autocastigo; en el extremo más crítico, cuando estamos inmersos en una obesidad, lejos de impulsar a cuidarnos, la angustia puede llevar justamente a lo contrario, a seguir dañándolo con sedentarismo y sobre ingesta desmesurada. La ansiedad lleva a comer más, esto hace que haya aumento de peso y obesidad, ésta lleva a sentimientos de angustia por una imagen corporal descuidada, y esta misma angustia lleva a seguir comiendo mal y peor. Estos efectos varían en la población de hombres y mujeres, ya que el género masculino no da tantas respuestas de angustia frente al sobrepeso, siendo las mujeres la población más proclive a las conductas de bulimia.

La alexitimia, o la inhabilidad para identificar sentimientos, discriminarlos y poder verbalizarlos, se convierte entonces en el foco, en el núcleo duro de la principal causa de obesidad. Es el factor de origen, por lo que una vez más, la importancia en una disciplina para el desarrollo de una buena salud emocional en la sociedad tendría que ser asignatura obligada.

Los clínicos trabajamos en esto por ser nuestra profesión elegida, sin embargo, la concienciación en el desarrollo de la inteligencia emocional sigue siendo la gran asignatura pendiente. 

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