LO QUE ESCONDIERON LAS MASCARILLAS: SÍNDROME DE LA CARA VACÍA

Como en todo suceso negativo también han tenido un beneficio secundario: el haber podido esconder lo que antes de la pandemia no nos gustaba enseñar.

Las máscaras originalmente fueron utilizadas en el siglo XVII por los médicos que tenían que atender a pacientes enfermos de peste bubónica, de este modo evitaban el contagio, así como atenuaban el olor del enfermo, mediante hierbas aromáticas que escondían en un pañuelo dentro de éstas. La posibilidad de contagio con esta técnica estaba, por tanto, descartada.

El carnaval de Venecia es uno de los más famosos, y las máscaras se vuelven las protagonistas del evento. Éstas proporcionaban el anonimato durante el siglo XVIII para que los aristócratas pudiesen relacionarse con gente del pueblo sin ser juzgados por tal acción, así como participar en contactos románticos cargados de infidelidad. 

Nos encontramos ante dos explicaciones para un mismo objeto, que bien podrían ser los dos polos de un continuo. Las mascarillas del siglo XXI a consecuencia de la Covid-19 bien han servido para atenuar la pandemia, sin embargo, como en todo suceso negativo también han tenido un beneficio secundario: el haber podido esconder lo que antes de la pandemia no nos gustaba enseñar.

De la misma manera que tuvimos que acarrear con el síndrome de la cabaña o el miedo a salir a la calle después del confinamiento por la habituación de permanecer en nuestros refugios, los profesionales de la salud mental atribuimos cuadros de ansiedad y angustia, ante el fenómeno denominado “síndrome de la cara vacía”. 

Si bien la mascarilla ha servido para protegernos del virus muchos de nosotros vamos a padecer miedo a dejar de tenerla puesta porque se nos avecina un nuevo panorama en el que hemos de salir a escena, sin habernos aprendido el guion. Sentiremos desprotección, vértigo a tener que volver a retomar nuestros complejos e seguridades físicas que antes nos llevaban a dudar de si nuestra apariencia era la adecuada o no. La dismorfofobia o alteración de la percepción con algún rasgo de nuestra cara se va a haber acrecentada al afrontar que la obligación de llevar puesta la mascarilla ha desaparecido y que en algunas personas produce el mismo temor que pasearse en traje de baño por alguna calle de nuestra ciudad.

Al igual que hubo una desescalada en el confinamiento podemos hacer lo mismo con la mascarilla, por lo que podemos introducir fases para ir librándonos de ella. 

No olvidemos que el temor a la cara desnuda no es solo por razones físicas, también hemos de reconocer que el virus no se ha erradicado y hay personas que siguen temiendo el contagio ya que éste es una realidad. Por ello, cuando alguien nos pregunte si tememos quitarnos la mascarilla por inseguridad física, podemos contestar tranquilamente que hemos decidido quitárnosla de a poco en consonancia con que la pandemia no ha desaparecido y que nos iremos quitando la mascarilla al mismo tiempo que vaya disminuyendo ésta.

Enfrentarnos al “destape”

Como cualquier otro miedo, que a veces llega a convertirse en fobia, los profesionales de la salud mental, sugerimos la técnica del afrontamiento y no la de la evitación. Evitar algo reduce la ansiedad a corto plazo, pero a largo no solo no lo reduce, sino que la aumenta y complica puesto que aparece el fenómeno de la generalización y donde antes teníamos el foco de la ansiedad en un punto, ahora lo seguimos teniendo muchos más. No afrontar un miedo nos puede llevar a un estado donde lo que aprendemos es a no saber defendernos ante situaciones que nos producen un esfuerzo. Por ello, podemos elegir la técnica de la inundación, es decir, quitarnos la mascarilla de golpe, de un día para otro o, por el contrario, la técnica de la desensibilización sistemática, que consiste en enumerar diez situaciones donde tememos ir sin mascarilla, e ir aproximándonos a estas situaciones de menos a más intensidad de la ansiedad. De esta manera, iremos dando una respuesta de habituación y llegaremos a normalizar la retirada de la mascarilla.

Otra herramienta es la de probar mirarnos al espejo sin ella. Nosotros mismos tenemos una imagen nueva de nuestra cara. Han pasado más de 2 años en los que solo nos mirábamos a los ojos, a nuestros ojos y a los ojos de los demás. Es totalmente natural entonces, que sintamos un brusco choque con nuestras caras y la de los que nos rodean. Solo necesitaremos acostumbrarnos de nuevo y hemos de contar con las dificultades, aceptarlas y afrontarlas.

La presión social como siempre es un alto hándicap. Los comentarios gratuitos, las críticas acerca del porqué nos la quitamos o tardamos en hacerlo no son o no son sino más de lo mismo: una falta de tolerancia hacia lo que cada uno decide. Una vez más hemos de plantar cara a la opinión de los demás y utilizar la nuestra porque de esa manera respetaremos nuestro criterio, aceptaremos nuestras dificultades y evitaremos cualquier tipo de presión que no sea otra que la que nosotros decidamos ponernos.

Por último, el ir sin mascarilla es un “mostrarse de nuevo a las demás” y esto requiere un tiempo de elaboración. Las prisas no juegan ningún buen papel. Si la mascarilla deja de ser obligatoria no hemos de olvidar que aún no estamos obligados a ir sin ella. Este es un intervalo de tiempo válido para seguir con nuestro escudo físico, mientras nuestras emociones se van asentando y el miedo o el temor a esa desnudez facial vaya bajando en intensidad, en frecuencia y en duración.

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