MEJORAR TUS RELACIONES FAMILIARES ES POSIBLE

Mejorar tus relaciones familiares es posible. Por qué surgen los problemas y cómo superarlos, 9 consejos que te ayudarán a mejorar

Una familia es un grupo de personas unidas por algo que se llama parentesco. Esta unión viene a través de la formación de vínculos consanguíneos y en otras ocasiones por vínculos legales como ocurre en los casos de adopción. Nuestra sociedad prioriza a la familia como núcleo principal, el foco base como referencia y como modus vivendi. Por ello, como todo, esto tiene dos caras: la familia se puede convertir en un lugar maravilloso donde poder desarrollarse de manera funcional o, por el contrario, ser un grupo de personas disfuncionales de las que queramos escapar, incluso en momentos como los de las campanadas de fin de año.

¿Por qué surgen los problemas?

Primeramente, tendríamos que determinar el significado de la palabra problema. Por definición, es “una cuestión que se trata de aclarar o resolver mediante una solución». Por esta razón partimos de los diferentes estados de sensibilidad, resistencia y resiliencia por los que una persona difiere de otra. Lo que para un individuo es un sufrimiento que lleva una catástrofe emocional, para otro se queda simplemente en un altercado que como mucho se convierte en una contrariedad y como el ser humano tiende a complicar la vida, la mayoría de los encontronazos surgen por lo siguiente:

1. La comunicación. 

Problema. Es el vehículo más potente que tiene el ser humano a través del lenguaje. En general, sabemos emitir sonidos, palabras y frases, pero no tenemos buenas herramientas de comunicación. De tal manera que en la mayoría de las situaciones utilizamos el lenguaje con mucha carga emocional, dando consejos, opinando a nuestro libre albedrío, enjuiciando y, en definitiva, tirando dardos a través de las palabras. Una comunicación violenta provoca discusiones violentas y, una vez disparada la violencia, calmarla con lenguaje inapropiado no solo no atenúa, sino que ayuda a soplar las brasas.

Mejora. La comunicación violenta pasa no serlo cuando aprendemos la herramienta de la comunicación no violenta creada por Marshall Rosenberg que está basada en cuatro pilares clave: 

1 Observar sin evaluar a los demás sin evaluar.

2 Identificar los sentimientos de los otros y expresar los sentimientos propios.

3 Asumir la responsabilidad de nuestros propios sentimientos y de nuestras propias emociones. El otro no es responsable de la gestión de nuestras emociones.

4 Formular a los demás peticiones conscientes para enriquecer nuestra vida.

De esta manera el lenguaje entre familia deja de ser coactivo o manipulativo y se evitan con ello sentimientos de miedo, culpa y vergüenza. 

Esta herramienta fomenta tres cosas: la auto empatía, que es la empatía con nosotros mismos; la empatía con los otros, que es la habilidad de ponerse en los zapatos de los demás; y la autoexpresión honesta, definida como el aprendizaje para expresarse de forma auténtica.

2. Los roles

Problema. Como en todo grupo existen los roles y la familia es uno de los continentes dónde se ponen más en evidencia. Existe la figura de autoridad que no es otra que la que dictamina las normas, mediante las cuales se llega al orden y por consiguiente a la ejecución de los objetivos, para que haya una adaptación al medio y todo funcione bien. Uno de los problemas que acarrea el caos es que los roles estén cambiados. No hay nada más que mirar a la naturaleza: en las manadas de animales la familia se compone de progenitores y camada; cada uno tiene un papel y cumple un objetivo. Cuando no se respeta el orden de estas posiciones comienzan los desacuerdos. Es muy común observar en nuestras familias que ante el comportamiento patológico de alguno de los miembros se paraliza el funcionamiento lógico y aparece el quiebre o conflicto. Si un padre, por ejemplo, tiene una adicción (alcohol, drogas, juego…) el resto de la familia se desestructura porque el padre ha dejado de ser un punto de referencia y comienzan las discusiones. Los hijos en este caso se desorientan porque se quedan sin figura de referencia. Por el contrario, si es el hijo el que comienza con una adicción y no acata los límites paternos, la familia también se desordena porque ha desaparecido la autoridad, se ha violado y, por consiguiente, se ha desorganizado.

Mejora. Al ser la familia un sistema, es necesario que cada miembro respete y lleve a cabo las funciones relacionadas con el rol que ocupa, como si de una empresa se tratase, un gran equipo con un propio organigrama laboral. De esta manera se alcanza una forma de convivencia estable donde estén repartidas las funciones de toma de decisiones, las responsabilidades compartidas, produciéndose un modelo de vinculación positiva entre los miembros. Esto contribuye a un ambiente saludable y se obtiene una sensación de seguridad por verse aumentada la autoestima de todos. Un padre no puede ser un niño a tiempo completo, ni un hijo puede hacer el papel de padre eternamente ya que éste no le corresponde.

3. Aceptar la diversidad

Problema. Aparecen problemas porque en la mayoría de las situaciones cuando estamos en grupo no aceptamos la diversidad. Es frecuente observar conversaciones en la que los padres se quejan continuamente de lo que hacen los hijos, de lo que no hacen, de lo que son y de lo que no son. Esto genera un continuo flujo de frustración: para los padres porque se comunican con un hijo inexistente ya que buscar una idealización y con los hijos por encontrarse no aceptados y sometidos continuamente a veredictos con sentencia de culpabilidad.

Mejora. Aceptar la diversidad y el respeto a la diversidad es uno de los factores más importantes para fomentar una buena convivencia familiar. Todo esto pasa por una educación en valores, pero no solo de padres a hijos, ya que los padres hemos de someternos a puestas a punto de manera continuada para resetearnos. Unos padres impermeables no ejercen un buen modelo. Fomentar el respeto significa no abusar de la autoridad, aún siendo el progenitor, escuchar activamente las necesidades antes de poner ninguna norma, mantener siempre el valor de ser justos, no hacer diferencias claras entre los hijos y, sobre todo, fomentar la confianza para que los miembros de las familias puedan verbalizar sus diversidades sociales, sexuales, ideología política y ahondar en trabajarse los propios prejuicios.

4. La escucha. 

Problema. A veces en las familias cuando escuchamos lo hacemos de manera sorda, es decir, de manera pasiva. Escuchamos a los demás mientras estamos pensando qué rebatirle, qué juicios poner acerca de lo que nos está diciendo. Esto se llama escucha pasiva. La ausencia de escucha en las familias también es uno de los focos de conflicto y de los más importantes. No se atiende literalmente a las soluciones del otro. La ausencia de empatía hace que no nos pongamos en los zapatos de los demás y ni mucho menos en su piel. La escucha pasiva es similar al juego infantil del teléfono estropeado: el emisor comienza con un mensaje que para cuando llegue al último receptor, se habrá convertido en algo totalmente distorsionado.

Mejora. Escuchar activamente es una habilidad de comunicación centrada en no solo oír lo que nos dicen, sino comprenderlo. Esto implica, de nuevo y otra vez más, que en las familias ha de existir de manera casi obligada grandes dosis de empatía. Para paliar esa “radio” que tenemos puesta mientras algún miembro de la familia habla, tendremos que mantener nuestras opiniones al margen y poner en práctica la habilidad de escuchar para entender y no escuchar solo para contestar. Esto es clave en la adolescencia, mítica idea acerca de que es una edad imposible. Lo imposible es convivir en una familia en la que se interrumpe, hay desconcentración, una nula disposición para recibir lo que nos dicen, grandes dosis para hacer hipótesis o suposiciones de los de lo que nos van a contestar y ausencia de demostraciones de que realmente estamos prestando atención. Ejemplos de escucha activa es no juzgar, evitar dar consejos, no interrumpir al otro, prestar atención a los detalles, parafrasear (repetir partes de las últimas frases que dice tu interlocutor con la finalidad de que le quede muy claro que estás escuchando y para tú asegurarte de que lo estás comprendiendo bien) y respetar los sentimientos de la otra persona.

5. La identificación.

Problema. Viene definida como la intención de tener en un momento determinado los mismos propósitos o las mismas creencias que otra persona, aunque seamos seres diferentes. En las familias los padres, los abuelos tienen la obligación de ser eternamente adultos para con los hijos. Uno de los principales conflictos familiares viene dado, como siempre, por la ausencia de inteligencia emocional. Los padres en muchísimas ocasiones no saben gestionar sus emociones y canalizan en los hijos todas sus frustraciones. Se identifican con ellos de igual a igual, olvidándose de que no son iguales. Cuando un hijo percibe que un padre está cargando su frustración en él, es cuando el hijo se defiende y comienzan las guerras sin sentido y sin posibilidad de soluciones innatas y a corto plazo.

Mejora. Respetar el tipo de relación dentro de la familia. La herramienta del análisis transaccional es clave para mantener a rajatabla el que las relaciones entre los miembros de la familia no son de igualdad. Aunque todos los seres humanos sí seamos iguales, en las relaciones en las familias ha de quedar muy claro que hay relaciones horizontales, donde los miembros tienen la misma posición (padre y madre, abuela o abuelo, hermanos), mientras que las verticales son aquellas en las que uno de los miembros tiene una mayor o menor posición frente al otro en función de su poder, de su autoridad o incluso de los conocimientos que posee. Una familia que no rivaliza ni compite en las relaciones horizontales (como por ejemplo padre y madre) fomenta una autoridad clara a sus hijos y la familia funciona. De igual forma los hijos que aceptan que los padres tienen una relación vertical con ellos, tendrán muchísima más capacidad para acatar las normas y de esta manera evitar los problemas y las discusiones en general.

6. Dependencia emocional. 

Problema. Se trata de la conducta disfuncional que se pone de manifiesto cuando los estados de ánimo de los miembros de una familia dependen directamente de los estados de ánimo de los demás. La dependencia emocional crea vínculos afectivos muy disfuncionales. La conducta de los miembros de la familia que no son libres, están basadas en el miedo o en el temor a la reacción del otro. Padres muy dependientes, por ejemplo, basan su criterio en su propio beneficio y no en el de los hijos. Un ejemplo puede ser el de un padre que tenga un estilo sobreprotector con sus hijos y les prohíba hacer cosas que son normales para su edad. Un padre con este vínculo disfuncional quizá no tenga la capacidad de estar solo y hace todo lo posible para estar continuamente rodeado de su familia. Si se hace con esta intención es una intención patológica y es cuándo comienza el deterioro familiar.

Mejora. Lo contrario a la dependencia es la independencia y en las familias la independencia emocional es fundamental. Viene definida como la capacidad de llevar adelante la vida y las relaciones familiares sin depender emocionalmente de ese alguien. La toma de consciencia de que la familia ha de ser un modo de vida constructivo lleva al desarrollo de las familias desde la libertad. Saber analizar las causas de los conflictos a través de una auto responsabilidad emocional hace que se modifiquen y cambien todas aquellas ideas irracionales que fomentan la creencia errónea de que la familia es un todo para siempre. Fomentar la independencia emocional pasa porque muchos progenitores no caigan bajo los estragos del llamado “Síndrome del nido vacío” evitando así grupos familiares donde la autonomía de los hijos se convierta en un auténtico drama de teatro clásico.

7. La privacidad. 

Problema. Estar “juntos y no revueltos” o “cada uno en su casa y Dios en la de todos” son grandes verdades que, por ello, se mantienen por los siglos de los siglos en el refranero español. Hay familias que se denominan “unidas” pero en realidad lo que están es “pegadas” y no actúan de manera autónoma, sino en bloque, como una especie de secta donde todos actúan a una y no se fomenta la privacidad por lo que tampoco se deja un lugar individual para que cada miembro tenga una identidad propia y por separado. Familias con este estilo de comportamiento generan conflicto cuando los hijos comienzan a formar parejas. Eso de que “yo no pierdo un hijo sino que gano una hija” al ver cómo empiezan a casarse genera muchísimos problemas a las nueras y yernos ya que al final no se terminan casando con su amado, sino que terminan haciendo matrimonios multitudinarios con el resto de la familia como si fuesen un gran equipo.

Mejora. Poner límites como herramienta para fomentar la privacidad de cada miembro de la familia. Hay que saber diferenciar entre cuidar y vigilar. Si mantenemos esta distinción a rajatabla veremos que la privacidad es un derecho de todos. Desarrollar la confianza, esto es apostar por las competencias de los miembros, respetar la intimidad de cada uno, establecer reglas claras de convivencia y, sobre todo, no asustarse porque cada persona de la familia tenga su vida propia, permitir que se puedan alejar los miedos y que el ocuparse no signifique preocuparse. La privacidad es el espacio donde cada uno se desarrolla por separado, para después poder desarrollarse en el grupo familiar.

8. La dependencia social.

Problema. Cuando en la familia los padres tienen basada toda su hoja de ruta en el qué dirán, las familias se convierten en una yincana para ver quién es el mejor y quién gana. Estos modelos de familia están basados en el perfeccionismo y en  la exigencia de tal manera que los resultados es lo único que cuenta. Los hijos de convierten en cosas para alcanzar unos fines, pero los hijos no son trofeos que se exhiben en la sociedad, aunque ésta tienda a monitorizar al ser humano llevándolo a la cosificación. Hay muchos padres que no han llegado a sus metas y consideran que sus hijos son una prolongación de ellos y se da el fenómeno de la proyección, llegando a un modelo de educación exigente, donde los hijos son objetos para poderlos comparar con los hijos de los demás otra vez más. El hijo se rebela y comienzan de nuevo las disputas.

Mejora. Dejar sentir y dejarse sentir. Para paliar la dependencia social, el miedo al qué dirán como fantasma que se adentra en nuestras familias, no hay mejor herramienta que la de permitir sentir y no tanto exigir hacer. El consumo excesivo de actividades, planes y eventos hace que en los grupos familiares no haya ni tiempo ni espacio para sentir y emocionarse y dejar sentir y emocionarse. Lejos de poner la atención en la exigencia hacia el “hacer de todo y hacerlo perfecto” tendríamos que cambiar al concepto de excelencia, que es hacer las cosas lo mejor que podamos. Fijarnos más en el “ser” de nuestros compañeros de piso que en el hacer. Y más que fomentar el hacer para hacerlo mejor y mejor tal y como la sociedad exige hemos de crear nuestro propio estilo de vida: no compararnos y menos comparar a los miembros de nuestra familia con el resto de los miembros de otras.

9. La cotidianeidad. 

Problema. Lo cotidiano, el día a día, lleva en muchísimas ocasiones a la dificultad para poner límites y lo que es peor, a no respetar los límites de los demás y a que no se nos respeten los nuestros, convirtiéndose las familias en espacios donde todo cabe, todo vale y todo es posible. Lo cotidiano está de la mano de la costumbre, de las conductas que se repiten y que crean hábitos que en muchas ocasiones acarrean conflictos. En lo cotidiano se deja vía libre para los enfados, discusiones, ya que las familias se convierten en una obra de teatro interpretando todos y cada uno de ellos el mismo papel. Esto hace que no se tome perspectiva, que no se vean las cosas con objetividad y que ni tan siquiera se vislumbre el foco del problema porque en ocasiones no se identifica ni siquiera que exista un problema.

Mejora. La teoría del invitado como antídoto a lo cotidiano. Con esta herramienta se aspira a que las personas de nuestra familia no se conviertan en chivos expiatorios, donde canalizar todas las frustraciones y todos los enfados. Cuando conocemos a alguien por primera vez, no se nos ocurre levantar el hacha de guerra, ni hacer juicios desafortunados, ni osar a hacer comentarios cuando no nos han pedido opinión y, sobre todo, no les tratamos mal ni utilizamos el lenguaje vulgar para relacionarnos con ellos. A un invitado se le trata como tal, como una persona que se le conoce por primera vez y todo gira en relación a un efecto que se llama Efecto de primacía, que es la potencia y la carga positiva que tienen las cosas nuevas. Si un invitado viene a nuestra casa, tratamos de hacer que se sienta cómodo y nos interesamos, sobre todo, por su vida. Si esto lo trasladamos a nuestras familias, utilizando la teoría del invitado, y tratando a las personas de nuestro grupo familiar como si fuesen invitados, y los conociésemos por primera vez, esa distancia emocional va del lado del respeto y de la evitación de conflictos. No es más que un juego que, puesto en práctica, realmente cambia lo que es la filosofía de cualquier convivencia.

 

Artículo publicado en HOLA

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